El cinismo, el individualismo, la competencia, el arribismo hoy en Chile son valores que se sobreponen a la dignidad: Entrevista con Ignacio Borel

En conversación con Cristián Salgado, Ignacio Borel habla sobre las inspiraciones y registros de su novela debut. Publicado en Revista Intemperie

 

Dolores o la inutilidad de todo evidencia una intención por conseguir una mixtura discursiva. La linealidad o unidad de estilo pareciera no ser de tu interés. Por el contrario, emergen distintos registros y voces en cada capítulo –perfil periodístico, entrevista, crónica, diario de vida, etcétera–; en síntesis, una novela coral. ¿Por qué?

Cuando me senté a escribir, no pensé o delineé una estructura, bien o mal las cosas se dieron así. Pero si tuviera que pensar en una respuesta alternativa y más elaborada diría que: en la ficción, o en esa gran ficción que llamamos vida, cada vez que nos enfrentamos con un conflicto optamos por una posibilidad y descartamos otras. Para mí, la novela coral es la oportunidad de decidir por todas las alternativas al mismo tiempo. Mis motivaciones, tal vez inconscientes, para escoger esta arquitectura seguramente se encuentran en otras expresiones artísticas. Es interesante cómo en la pintura el color y el ángulo otorgan profundidad a una obra, logrando que desde esta emerjan distintas perspectivas y creo que eso es algo que uno puede encontrar en una novela de este tipo: profundizar mediante un entrecruce de visiones, voces, opiniones, puntos de vista, reemplazando así la noción de descubrimiento, que utilizan las novelas totales, por la de construcción. El personaje principal es Dolores Dávila; sin embargo, dentro de la novela ella casi no tiene voz; esto porque, en la medida que yo avanzaba, mi intención fue que a partir de la participación que ella tuvo en la vida de los demás personajes el lector construyera su propia imagen de Dolores. Pero, como te digo, la experiencia de escribir el libro fue más bien impulsiva o, para que suene mejor, lejana a un plan predeterminado.

dolores o la inutilidad de todo

Wilson Equis, quizás el personaje más desequilibrado del libro, dice en un momento de encierro carcelario, cual discípulo del Oulipo: “Quizás tú piensas que uno está bien aquí y que yo hablo por hablar, ¿pero sabes por qué piensas eso? Tú, Luca, piensas eso porque nunca has estado encerrado. Luca, debería delatarte para que así te encierren y sepas cómo se siente. Estando libre te puedes hacer el gil y no asumir que la vida conlleva hostilidad y finalmente muerte, pero acá, acá no te puedes hacer el gil”.

Todos somos oulipianos, sin saberlo; a alguien se lo escuché. Y sí, me identifica la idea de trabajar con recursos limitados. Creo que a todos los autores debiese identificarlos la idea de que se trabaja a oscuras, en medio de restricciones o de limitaciones. Y la vida es igual, o peor, pues también está plagada de restricciones, aunque creadas por nosotros mismos y, en la medida que queremos liberarnos de ellas, más nos enjaulamos. La idea de que somos ratas que construyen el laberinto donde están atrapadas me hace mucho sentido.

A Wilson Equis también le cortan la cara. Lo curioso es que, parafraseándote, la estructura narrativa de buena parte de la novela se erige a partir de cortes de cara, que devienen cortes de voz de tales o cuales interlocutores.

Es interesante lo que planteas: que te corten la cara es la metáfora o el símil de que te corten la voz. No lo había pensado. Todos tenemos la cara bastante cortada, la diferencia es que Wilson Equis se da cuenta de aquello, está en la cárcel y aunque grite nadie lo escuchará. Ha llegado al convencimiento de que ya no tiene opciones y quizás cuando llegas a ese convencimiento todo deja de tener importancia o gravedad. De la novela, es el personaje al que más quiero. Está al borde de la esquizofrenia y aquello le da una libertad enorme.

Resulta interesante –dice una de las críticas a tu novela– cómo Borel consigue perfilar a cada uno de los personajes, siendo hablados por otros, recalcando sus bemoles y deficiencias, tal cual el otro fuese un espejo negro en el que no hacemos más que reconocernos de manera invertida”. ¿Crees, de alguna forma, que en esta novela el yo es otro, en palabras de Arthur Rimbaud?

Aquella lectura me parece súper interesante. La novela en principio iba a llamarse Dolores o la utilidad de los espejos, pero derivó en “la inutilidad de todo” puesto que no pensé que a alguien le fuese a hacer sentido la palabra espejo. Es más fácil ver las miserias del otro que las propias; ni idea de por qué se dará ese fenómeno, pero es así. Tal vez aquello ocurre porque actuamos como manadas, somos tan parecidos todos, dar una opinión diferente, en el trabajo o dentro de tu grupo de amigos, podría significarte ser expulsado, entonces estamos todos clonados. No sé si sea a eso a lo que se refiere Rimbaud; tendría que haberlo leído antes de ponerme a escribir. Pero sí, pienso que en alguna medida actuamos como espejos.

¿Qué interés literario encuentras en la época comprendida entre 1989 y 2001, que es cuando transcurre la historia? ¿Por qué un corte tan significativo? Pareciera ser simbólico.

Trabajar a partir de 1989, más que simbólico, fue una elección. Me parece oportuno reflexionar acerca de las consecuencias de la dictadura. No me interesa reivindicar los derechos humanos, ni el rol de las víctimas, creo que la literatura no es la vía para esos fines y, si es que lo es, supongo que existen otros caminos más contundentes. Dicho de otro modo, los familiares de los desaparecidos no van a encontrar justicia en una novela. Lo que sí me parece importante es tratar las heridas invisibles y profundas, las quemaduras por electricidad. El cinismo, la mentira, el individualismo, la competencia, la aspiración, el arribismo hoy en Chile son valores que se sobreponen a una conciencia ecológica, a la dignidad. La dictadura militar dejó como herencia una dictadura mercantil e instaló en cada uno de nosotros a un pequeño inescrupuloso. Convivimos con personas muy inescrupulosas. No juzgo a nadie, no soy quién para hacerlo. Por lo demás, formo parte del sistema, todavía no me voy a vivir a un cerro, pero es bueno intentar poner en evidencia lo que uno percibe como problemático.

Aparece en las primeras páginas de La insoportable levedad del ser, de Milan Kundera: “Digamos, por tanto, que la idea del eterno retorno significa cierta perspectiva desde la cual las cosas aparecen de un modo distinto a como las conocemos; aparecen sin la circunstancia atenuante de su fugacidad. Esta circunstancia atenuante es la que nos impide pronunciar condena alguna. ¿Cómo es posible condenar algo fugaz? El crepúsculo de la desaparición lo baña todo con la magia de la nostalgia; todo, incluida la guillotina”. Tu libro da la sensación de establecer una búsqueda que solo puede completarse en un pasado, jamás en el presente ni mucho menos en el futuro.

El pasado tiene esa manía de teñirlo todo. Más cuando a uno le parece injusto o que pudo ser hilvanado de manera distinta. Los personajes de la novela sufren de aquella condena, como dices tú. Entonces son redundantes, por momentos extremadamente racionales, son absurdos, inútiles, monotemáticos; es cierto, viven el pasado como si fuese una maldición. Lo terrible, pero también muy gracioso, es pensar que en ocasiones a uno le ocurre lo mismo. La paradoja de esperar por un mañana siendo que el mañana nos acerca a la muerte es desgarradora y cómica al mismo tiempo. Y los personajes de Dolores o la inutilidad de todo viven dentro de aquella paradoja.

Cuando Dolores dice “Somos la banda más grande de Sudamérica” y todavía no han completado atraco ni crimen alguno como grupo, ¿se trata de una ironía respecto de la idiosincrasia chilena? Algo así como lo que pasó en los noventa con eso de “los ingleses de Sudamérica”.

Siempre va a estar el interés por reflejar la manera de comportarnos; es quizás imposible no pretenderlo. Pero yo, al igual que Dolores, también pensé que iban a ser la banda más grande de Sudamérica. Me habría encantado que el asalto hubiese resultado un éxito, pero no, fue un fracaso. Me fascina la idea de un grupo de perdedores asaltando un banco y arrancando con sacos de dinero, pero esas cosas no ocurren en la realidad, y por desgracia tampoco en la ficción. Pienso que más que de exitismo, Dolores pecó de ingenua. Si pudiera me gustaría reflejar eso: la ingenuidad. Respecto a nuestra idiosincrasia, no creo que seamos precisamente exitistas, somos más bien terriblemente ingenuos.

Ramón Díaz-Eterovic asegura que “parte de la nueva narrativa chilena más interesante se encuentra hoy en las editoriales independientes”. ¿Cuál es tu perspectiva de esta actualidad?

Yo vivo en La Serena. Acá, a las doce de la noche estamos todos durmiendo. La verdad es que no estoy muy atento a lo que sucede en Santiago o en las ferias. Que pase lo que tenga que pasar. Pero está bien, me refiero a la pluralidad. La Cooperativa Editores de La Furia ha desordenado un panorama manejado por grandes conglomerados y eso seguramente es positivo. Emergencia Narrativa, que es donde publiqué, apuesta de forma exclusiva por autores inéditos, algo poco sensato, pero que le ha significado proyectar a escritores como Yuri Pérez, que ya contaba con una trayectoria en poesía, o Rodrigo Ramos Bañados, y a otros que publicaron junto conmigo, como Hugo Lepe y Nicolás Cruz Valdivieso, que han recibido muy buenas críticas.

¿Dentro de qué escuela narrativa crees que estás inserto? ¿Te sientes afín a algunos escritores en particular?

Soy psicólogo, trabajo como psicoterapeuta desde un modelo constructivista. Quizás ahí está mi mayor influencia, en el pensamiento epistemológico de personas como Maturana, Bateson o Varela, pero no voy a hablar de eso porque es muy aburrido. Ahora, Johnny Cien Pesos y Caluga o Menta fueron películas que, cuando las vi, tendría yo diez o doce años, me encantaron. O me sorprendieron. Seguramente también son influencias. Todo influye.

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Acerca de editorialemergencianarrativa

Editorial independiente dedicada a la publicación de narradores emergentes y contemporáneos.

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