Un disparo al aire

Por Enrique Winter. Presentación del libro “No le debo nada a Bolaño y otros delirios”, de Nicolás Cruz Valdivieso (Librería La Cooperativa, 10.09.2015)

 

20150910_201734Que un narrador chileno y joven diga No le debo nada a Bolaño es una bravuconada, un disparo al aire, y que titule así su primer libro es, de una, dirigir el disparo hacia sí mismo, a los pies, por lo menos, sobre todo si se trata de cuentos como los de Nicolás Cruz Valdivieso, que a Bolaño sí le deben algo. Partiendo por este arrojo, por este guiño irónico de la caricatura en la portada, Cruz extiende a lo largo de los nueve cuentos aquí reunidos un vitalismo desesperado, una celebración de los placeres y pérdidas del cuerpo que se dan en los márgenes y en los exilios, provocando en el lector el deseo de ser esos otros, en vez de sentirse representado en las rutinas propias a la que apunta la medianía de la literatura contemporánea. Este libro vende pasajes de vuelta a los bares de viejos donde escuchar una y otra vez las mismas y turbulentas anécdotas.

“El príncipe mongol” exhibe el doble plano de la descripción de cuadros cinematográficos o escenas teatrales seguidos por el relato mismo de lo que en ellos sucede. Mostrándonos ese montaje a quemarropa, antes que una historia, Cruz nos recuerda los artificios de la literatura, que a lo más evoca la realidad sin llegar siquiera a rozarla con el lenguaje, un recurso que repetirá en “Un asunto de principios”, donde acompañamos al editor en la lectura de los cuentos que le lleva el autor. En “El príncipe mongol” una madre abandona a su hijo recién nacido con síndrome de Down y es el aparente padre, un pintor manco, quien se hace cargo de su crianza. La trama es quieta y la lectura avanza con mayor rapidez que el movimiento de los personajes, obnubilados en una atmósfera de crueldad y ternura. El pintor busca intuitivamente las epifanías, “pervive en él una aflicción por una realidad más cristalina a la que pueda ser leal. Cuando expresa esa aflicción, algo se abre y ocurren momentos que merecen llamarse visionarios”. Es lo que dice Seamus Heaney de la poesía de Philip Larkin, y creo que se aplica aquí también al hijo y a casi todos los personajes de Cruz: lo que les pasa es una fisura en la experiencia por la que se cuelan significados mayores, trascendentes, acaso, que no terminamos de indagar ni, menos, de comprender. Los cuentos se dirigen por distintos caminos hacia este sublime, uno es la exposición de elementos perturbadores en el cotidiano, mecanismo que remite a Raymond Carver, por ejemplo. Si en “El príncipe mongol” falta un brazo, en “La pierna de Rimbaud” sobra una pierna y en “Flores del riachuelo” un perro se tira a una prostituta o perra a lo perrito mientras su amo busca una copa y recuperar sus fuerzas. Y hasta aquí me he referido sólo a los primeros tres cuentos.

portada NLDNB def En el cuarto, “Los aprendices de chacal”, debuta un narrador en primera persona centrando en sí la violencia que en los textos previos se intuía a distancia, como si no hubiera otra forma posible de la violencia que la vivida en carne propia. Paradójicamente, esta cercanía a sus personajes rockeros le permite a Cruz concentrarse más en la exterioridad describiendo una escena musical y sádica plausible. Los conciertos y la escalada del terror vividos como goce, junto con la narrativa confesional, dialogan con reflexiones como las que ha dado más de una vez Nick Cave respecto de la promoción que hacía The Birthday Party en sus conciertos: vengan a ver a la banda más violenta del mundo. Los focos del estadio están puestos en los desechos y ya en los desechos de la literatura estaba la pierna de Rimbaud.

Hay otro detalle en el título y es que a la palabra Bolaño le sigue la frase “y otros delirios”, no “y otros relatos”. A confesión de parte, relevo de pruebas, sobre todo cuando, aparte de “Los aprendices de chacal”, los últimos tres cuentos del conjunto, los premiados justamente, también están narrados por sus protagonistas y de modo delirante. Una peripecia lleva a la otra con el mismo humor negro del resto del libro y una libertad que lo relaciona con cierta narrativa argentina reciente como la de César Aira y la de Pablo Katchadjian, editado en Valparaíso por la editorial hermana de Emergencia Narrativa, Narrativa Punto Aparte. Cruz va construyendo los escenarios por vía de la acumulación de recursos, luego de que “Flores de riachuelo” y “Un asunto de principios”, por ejemplo, comenzaran con más potencia de la que terminan, pues hacia la mitad del conjunto debutan los diálogos imprimiéndole velocidad a las tramas del mismo “Un asunto de principios” y de “Tienes que contarme tu secreto”. Este y el siguiente, “El oficinista”, son también los cuentos más breves y se centran en la pulsión sexual. En ellos abunda el alcohol. No es casualidad que ya en “Flores de riachuelo” sintiéramos que el aroma vegetal “tan agradable por un instante, tiene las mismas características que el olor de la mierda, del pescado, de la basura. Denso y permanente, capaz de penetrar los objetos e invadirlo todo”. Estos cuentos tienen la sensibilidad de oler la podredumbre intrínseca a todo lo orgánico, “Un olor que revive con el agua. Como los árboles y campos, que sueltan todo su aroma luego de ser lavados por la lluvia”, también en los dedos de los adolescentes que pierden la virginidad con la polaca de “El tango más amargo” y hasta en las piezas donde el anciano de “Tienes que contarme tu secreto” prostituye a un joven.

El hígado que Nicanor Parra dice que le debemos a Bolaño en el epígrafe del cuento que cierra este libro detona la más bolañesca de las tramas devolviéndonos al afán simbólico de los primeros relatos aquí reunidos. Cómo no pensar en ese hígado como el patrimonio que nos dejó Roberto: la sujeción a lo real, a la escritura desde la víscera. Es lo que explicita Philip Roth en Patrimonio mientras limpia la mierda de su padre moribundo y reconoce en esa mierda su legado: él escribe lo que escribe porque le enseñaron el valor de lo real, la dureza de lo real. El hígado que le falta a Bolaño. Y ese es solo el comienzo de esta historia.

Se emerge del agua, generalmente del mar, de allí viene la emergencia de esta editorial, emergencia propia de cada uno de los personajes de No le debo nada a Bolaño, un conjunto de vagabundos porteños, por donde se les mire, y que encalla en la más porteña de las editoriales, gracias al incansable trabajo de Eric Carvajal, que hace catorce años fundó La Cáfila, luego Puerto Alegre y ahora con Emergencia Narrativa sigue corriendo los riesgos del descubrimiento de discursos heterodoxos y porfiados, gozosos como este debut de Nicolás Cruz Valdivieso.

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Acerca de editorialemergencianarrativa

Editorial independiente dedicada a la publicación de narradores emergentes y contemporáneos.

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