“Lo que hay bajo tierra”

Por Juan Manuel Vial. Publicado en La Tercera 06/04/2013

 

En apariencia, las historias de este libro pueden parecer mínimas. De hecho, en cuanto a longitud, lo son. Sin embargo, las narraciones de Galo Ghigliotto, 8 en total, cargan con una misteriosa profundidad, con un halo subterráneo que invita a segundas lecturas, o que, al menos, estimula en algún modo la frecuente reconsideración de lo leído. Esto, por lo general, viene a ser un atributo en cualquier tipo de texto, pero en el caso que nos ocupa se hace aún más patente debido a la brevedad de cada pieza. Perfectamente acotados, los cuentos de A cada rato el fin del mundo componen una unidad llamativa de partes complementarias.

Al comienzo de la primera historia, Ghigliotto ofrece algunas palabras que podrían entenderse como una declaración de principios y que, a la vez, definen lo que vendrá a continuación hasta el final del libro: “Si esto fuera un relato, tendría un comienzo, un desarrollo, un desenlace definido, además de un personaje principal y quizás, al final, un aprendizaje o moraleja. Pero no he querido escribir relatos, quizás porque no sé hacerlo o porque creo más en la fuerza de los sucesos”. El acto de franqueza, o de modestia incluso, resulta engañoso: el autor sí sabe como capturar la atención del lector, que es lo primero que se espera de un narrador decente.

La prosa de Ghigliotto es limpia, cuidada y simple, aunque en el momento oportuno puede llegar a ser elaborada con sumo esmero. Ante ello, concediéndole la razón al autor en su declaración, es evidente que bagatelas del orden de “un personaje principal” o “un desenlace definido” no tienen una importancia fundamental en este juego. Asuntos más llamativos, tales como la falsa noción de la propia muerte, o una sugerente divagación volátil inspirada en ciertos pájaros, tienden a tomarse un espacio narrativo que en otros casos, tal vez más primitivos, sería ocupado por aquello que comúnmente se entiende por “acción”.

Y que no se me malentienda: suceden cosas en los relatos de Ghigliotto, claro que sí. Pero, como dije al principio, los sucesos están enrielados bajo cierta cota subliminal que resulta atractiva y sugerente. El escritor no pretende desenterrar piedras preciosas, sino que, más bien, se contenta con captar las pulsiones de lo que hay bajo tierra. En algo ha de influir, supone uno, el hecho de que Ghigliotto, antes de lanzarse a la prosa con este libro, practicó y probablemente sigue practicando el ejercicio de la poesía.

El humor, del mismo modo, nunca surge como un recurso evidente, mas ahí está, palpitante, juguetón y en ocasiones negro como la noche misma (el cuento Urciénaga, fruto de acertadísimas observaciones, cabe en esta categoría). Otras veces las generalizaciones, siempre riesgosas, cobran repentina verosimilitud. Es el caso de esta sentencia antropológica pergeñada por el narrador mientras avanza como pasajero en uno de esos
aterradores microbuses que hacen el trayecto Sucre-La Paz: “Los bolivianos son más discretos: a ratos se asemejan a las figuras de piedra talladas en lo alto de los cerros y, por la serenidad de su expresión, pareciera que fueron modelados con esas mismas rocas hace mucho”.

Varios de los personajes que protagonizan los relatos de A cada rato el fin del mundo se encuentran en movimiento. Otros transitan por el abandono, algunos fantasean con gracia e imaginación y hay uno que se vale
de la periferia ideológica –o de la extrema pereza, nunca se sabe– para tratar de inventar una situación cómoda: la propia muerte. En suma, el debut de Ghigliotto en la tierra de la prosa es un hecho que no ha de pasar inadvertido: aquí hay harto más que buena prosa.

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Acerca de editorialemergencianarrativa

Editorial independiente dedicada a la publicación de narradores emergentes y contemporáneos.

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